Saturday, January 15, 2011

Sollozos: 30 de Ene de 2010

Llegó a casa. Nada más la puerta se cerró detrás de ella de un golpe, cogió una gran bocanada de aire y la dejó salir, lenta, pausadamente, mientras los ojos se le anegaban de lágrimas y la respiración se le hacía inestable. Sollozaba, al principio, profundamente hasta que los pulmones comenzaron a agitarse y no pudo parar. Lloró, alto, gritando, expulsando de sí el dolor tan profundo que la corroía. Pero aún expulsado, hecha un amasijo humano en el recibidor, el veneno seguía dentro de ella. Y en ese momento deseó que él, al que había dañado, por miedo de hacerle más daño aún, la acunara entre sus brazos. La besara suavemente; en la cabeza, en la nuca, bajando por el cuello y finalmente subiendo hasta su pómulo, y después de todo esto, que se fundiera con sus labios.
Pero él no estaba allí. ¿Por qué? Porque ella había sido egoísta, insensible, y demasiado voluble.

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