Thursday, January 29, 2015

Velarde

Sabes que en esta vida sólo hay una persona para otra persona. Verano de mi vida, fuego de mis pulmones. Mira detrás de ti, antorchas iluminando tu rostro anguloso, tu pelo azabache, y ella allí como una chiquilla asustada preguntándose qué hacer para entrar en tu atmósfera de misterio. Un día después allí estaba, de tu mano, en esa playa de arena blanca y suave como algodón, mientras el sol se escondía tímido detrás del mar azul ópalo. Ni el sol ni ella llevaban bien tus miradas de grafito.

Fueron meses, años compartiendo vuestras identidades camaleónicas. Siempre brillantes, pero niños de la mala revolución, donde salir a beber y fumar era la única solución. Siempre os creísteis tener el mundo en vuestras manos, sacabais vuestras mil caras, erais todo lo que queríais ser en cuanto dejabais  la nebulosa de la vida común. Tú siempre fuiste una estrella en el teatro, creías que ella, tu muñeca, era tonta. Pero se vestía años 50, parecía un calendario pin up, se peinaba el bouffant, y conseguía los favores que tú siempre quisiste. Juntos fuisteis la mejor línea en la historia, Bonnie y Clyde, Cher y Bono, Kennedy y Jackie… Por supuesto, despertabais un magnetismo sin igual entre todos los seres humanos básicos que os rodeaban, al igual que las peores de las conjuras.

Ella se sentaba en el regazo de los jefes que la entrevistaban, pequeña reina de los escenarios. Tú la recogías en tu chevy camaro. Sus gafas de lolita destelleaban con las antiguas luces de los peores barrios y tú fuiste feliz. Jóvenes, salvajes, huyendo de la monótona realidad. Nunca pudo durar, ¿verdad? Uno de vuestros espíritus degeneraría en el más extremo de sus impulsos. Vuestra unión no podía durar, estuvo condenada desde el primer momento.

Te dejaste llevar por tu parte andrógina, te alejaste y no le quedó otro remedio a ella que alejarse también. Eligió entre toxicidad y éxito. Estaba avocada al éxito. Siguió recibiendo tus cartas en botella a la orilla de su alma, tus logros y tus tristezas. Llegaban también restos de conchas, pedazos de vuestras antiguas aventuras, deseos, palabras. La mar de tu mundo le llegaba furiosa con tus desprecios y desaires. Nunca le enseñaste a nadar: pereció una y mil veces. Le mandaste ostras llenas de besos, le meciste en tus aguas salvándola más de una vez de las rocas. Ella tenía la estúpida manía de dejarse caer del acantilado.

La amaste, inundaste su tierra con tu mar, escribiste dos palabras en la arena, creaste una tormenta destruyendo su todo, compartiste con ella lo tuyo. La sostuviste con tus brisas, volasteis alto. La ahogastes en lo suyo, le distes tú tu todo.

Pero acabó. Nada más aquella puerta se cerró detrás de ella de un golpe, cogió una gran bocanada de aire y la dejó salir, lenta, pausadamente, mientras los ojos se le anegaban de lágrimas y la respiración se hacía inestable. Sollozaba, al principio, profundamente, hasta que los pulmones comenzaron a agitarse y no pudo parar. Se inundaban. Lloró, alto, gritando, expulsando de sí el dolor tan profundo que la corroía. Pero aún expulsado, hecha un amasijo humano en la hiedra, el veneno seguía dentro de ella.

Su soldado había elegido otra guerra.


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